Jesús Balbín: vida y obra de un defensor de derechos humanos

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No es fácil escribir un perfil sobre la vida y obra de Jesús William Balbín Álvarez, o simplemente “Chucho, como lo llaman sus amigos. La dificultad no estriba en encontrar las palabras adecuadas para describir la firmeza de su carácter, su inagotable capacidad para el trabajo o su denodado empeño por hacer que prevalezca la deliberación pública y la exposición de las ideas, así no esté de acuerdo con ellas.

La preocupación radica en cómo resumir en unas breves líneas una labor prolija y fecunda a favor de las causas más excelsas como lo pueden ser la defensa de la vida, la justicia social, la reivindicación de los derechos de los excluidos, la búsqueda de la paz, la participación de las minorías en la vida democrática y, en resumen, por aquellas cosas que la sociedad entera llama “las utopías que pueden hacer del mundo un lugar mejor” pero que en su caso, dejaron de ser lugares inalcanzables hace mucho rato.

Han sido más de 40 años dedicados a este apostolado llamado defensa de derechos humanos a través de los cuales ha dejado un legado importante para una sociedad que avanza de manera oscilante entre rupturas y continuidades hacia su proyecto de nación democrática, justa y en paz. Basta recordar cómo, a principios de la década de los 90, de su mano y de otros humanistas de Medellín, apoyó e impulsó con vigor la Mesa de Trabajo por la Vida de Medellín, en momentos en que la capital antioqueña atravesaba una de sus peores crisis del derecho a la vida.

El trabajo de la Mesa derivó, años después, en la creación de la Red Nacional de Iniciativas contra la Guerra y la Paz, Redepaz, espacio desde el cual se articularon los esfuerzos regionales por la búsqueda de una salida negociada al conflicto armado interno y, de nuevo, las acciones que Jesús Balbín venía adelantado desde Medellín en busca de un restablecimiento del respeto por la vida resultaron de gran valía para la recién creada red.

Además, sus reflexiones sobre las violencias, la situación de las víctimas del conflicto armado, las políticas públicas sectoriales, la democracia, el Estado Social de Derecho, los movimientos sociales, entre otros, difundidas a lo largo de estos años a través de numerosas publicaciones también han motivado profundas discusiones en todos los ámbitos y, porque no decirlo, se han convertido en fuente de referencia de académicos y políticos comprometidos con las causas sociales.

Pero no se puede hablar de Jesús Balbín si no se menciona, y no hacerlo sería ya un imperdonable error de precisión histórica, lo que ha significado el Instituto Popular de Capacitación (IPC) para la vida social, política y deliberativa de la cuidad. Con el transcurrir de los años, Instituto y hombre han fusionado su ADN para ser uno sólo: La naturaleza del IPC afinó las convicciones políticas, ideológicas y humanísticas de Jesús; el carácter que Jesús le imprimió a su trabajo le dieron una identidad especial a la Institución.

Y no podía ser de otra forma pues Jesús Balbín llegó al entonces llamado Instituto Popular de Capacitación de la Corporación de Promoción Popular dejando atrás una promisorio ejercicio profesional como ingeniero en minas y metalurgia. Luego de cursar sus estudios en la Universidad Nacional de Medellín, en el año 1972, Balbín logró reconocimientos y escaños laborales que anhelaría cualquier estudiante a punto de graduarse: ingeniero de una de las más importantes acerías del país como lo era Paz del Río, profesional vinculado a la Universidad Nacional de Bogotá, ingeniero vinculado al Ministerio de Minas y Energía.

Pero la promesa de bienestar no logró acallar sus preocupaciones por el entorno social que lo circundaba, donde campeaba la miseria, la exclusión y la represión social. El inicio de los años ochentas marcó un quiebre significativo en la historia personal de Jesús Balbín. Era una época turbulenta, marcada por el colapso de la industria nacional que derivó en una creciente ola de desempleo y el auge de los movimientos sociales que se nutrían de los vientos de renovación que soplaban en toda América Latina.

En ese contexto nace, en 1982, el Instituto Popular de Capacitación como una organización que buscaba, a través de la educación y la investigación popular, “el protagonismo de los movimientos sociales hacia la construcción del poder popular mediante un modelo comprometido con la causa de los pobres, impulsor de la institucionalidad popular, buscando una racionalidad del trabajo, promoviendo la democracia en las relaciones, la autonomía frente a las organizaciones sociales, el Estado y los partidos y movimientos políticos; promoviendo el pluralismo y la divergencia de las opiniones”.

De ahí que, en sus inicios, buena parte de los esfuerzos de la Institución estuvieran centrados en el impulso de la educación y la investigación con los trabajadores para luego reconocer la importancia de los pobladores urbanos como otro actor social de importancia. En esos paradigmas cabía un perfil como el Jesús Balbín, quien llegó a la Institución en 1984 respondiendo a ese llamado interno que lo convocaba a dedicarse de lleno a su verdadera vocación.

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Y es que quienes lo conocen desde su juventud todavía recuerdan cómo desde sus épocas de estudiante le robaba tiempo a las matemáticas, el cálculo, la física y el análisis de materiales para alentar en su barrio El Paraíso, del municipio de Bello, la participación de las comunidades en los espacios democráticos siempre teniendo como horizonte la reivindicación de los menos favorecidos de la sociedad.

Aún hoy, algunos de quienes participaron en esas largas jornadas de discusión y reflexión sobre las realidades sociales que atravesaban el país, el departamento y el municipio del Norte del Valle de Aburrá a finales de los años sesenta no dudan en señalar que la capacidad deliberativa de Jesús Balbín, aunado al respeto por la diferencia, su compromiso permanente por la colectividad por encima del individuo y su preocupación por los excluidos, fueron vitales para la conformación de los movimientos comunitarios bellanitas de aquella época.

Por ello, antiguos compañeros de estudio y amigos de juventud afirman con toda convicción que la ingeniería perdió un gran profesional, pero que la ciudad ganó un gran líder social cuando Jesús decidió consagrar su trabajo al IPC. Desde el Instituto, Chucho, como empezó a ser conocido desde entonces, participó activamente en la creación de importantes redes para la época como la Red de Centros de Educación Sindical de Medellín; la Red de Educación e Investigación Popular, el Grupo de Análisis de la Descentralización Industrial (Gadi) a la par que acompañó el surgimiento de diversas organizaciones juveniles de la ciudad.

También estuvo presente en los procesos asamblearios constituyentes que surgieron en diversos municipios de Antioquia después de la Constitución de 1991; participó activamente en la conformación de la Red Nacional de Iniciativas contra la Guerra y la Paz, Redepaz; el Comité de Derechos Humanos de Medellín; la Mesa de Derechos Humanos del Oriente Antioqueño y, más recientemente, la Asociación de Víctimas del Conflicto Armado del Oriente Antioqueño, La Asociación de Víctimas por la Restitución de bienes y Tierras del Urabá y Mesa Departamental de Víctimas del Conflicto Armado.

Dicha labor siempre ha estado acompañada de una constante producción intelectual, reflejado en los diversos documentos publicados desde 1984 a la fecha en los que se destaca los análisis a profundidad de la crisis del sector financiero, la situación de los trabajadores sindicalizados, el auge del sector energético, los problemas del desarrollo, las implicaciones del conflicto armado interno, la situación de las víctimas del conflicto armado interno, entre otros.

Y así como en los años 80, el interés por el mundo sindical y los actores populares marcaron la agenda de las organizaciones, la guerra frontal del Estado contra el narcotráfico y el recrudecimiento del conflicto armado interno que tuvieron lugar en la década del 90 señalaron nuevas preocupaciones y desafíos para organizaciones como el IPC y para personas como Chucho, quienes no fueron indolentes frente al derramamiento de sangre que inundaba a la ciudad. Así, mientras por un lado propugnaba por articular las iniciativas del orden institucional y no gubernamental para trabajar en una sola dirección como lo era fortalecer el respeto por el derecho a la vida, de otro lado tampoco escatimó esfuerzos por denunciar públicamente las situaciones, personas e instituciones que vulneraban, por acción u omisión, el ejercicio de los derechos fundamentales del ser humano.

Ello le significó recibir presiones de sectores no democráticos que sentían que la labor de Chucho les impedía actuar bajo esa espesa sombra que suele proyectar la impunidad. Hay quienes afirman que la defensa de los derechos humanos en contextos como el colombiano requiere de una gran dosis de abnegación, compromiso, mucha vocación y porque no decirlo, algo de terquedad. Y si algo ha demostrado Chucho a lo largo de estos años es una férrea vocación que no se ha quebrantado ante ninguna presión. No se quebrantó, por ejemplo, el día que hombres al servicio de Carlos Castaño secuestraron a cuatro de sus amigos y compañeros de trabajo en la misma sede del IPC; tampoco claudicó el día en que un artefacto explosivo por poco acaba con el edificio donde funciona la Institución y pese a las constantes amenazas que recibió de parte de las fuerzas oscuras de la ciudad, no pensó ni un momento en dejar atrás su labor, bien como defensor de derechos humanos, bien como directivo del IPC.

Quizá por ello, desde los indígenas hasta los sindicalistas, pasando por los líderes comunitarios, los dirigentes políticos, los sectores populares, los campesinos y los académicos, reconocen y exaltan la labor de Jesús Balbín. Señalan que los debates que Chucho le ha propuesto a la ciudad han ayudado a estructurar nuevas aristas de análisis, formas diversas de comprender la realidad social y han aportado elementos valiosos para comprender al otro en su diferencia.

Hoy, cuando la adversidad vuelve a atravesársele en su camino, sus compañeros del Instituto, los más antiguos y los más nuevos, saben que, como en el pasado, no claudicará. Por el contrario, seguirá aportándole nuevos debates a la sociedad, ideas alternativas y nuevas propuestas para construir lo que para él dejó de ser una utopía hace mucho rato: la construcción de una sociedad más democrática, justa y en paz.

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