Jesús Balbín: el humanista visionario

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Hace exactamente un año murió en Medellín Jesús William Balbín Álvarez, uno de los principales humanistas y defensores de derechos humanos de Antioquia. “Chucho”, como le llamaban sus amigos, fue determinante en la construcción del movimiento de víctimas, insistiendo siempre en la verdad, la justicia y la reparación; en el impulso de corrientes pacifistas y en la consolidación del Instituto Popular de Capacitación, desde donde luchó por la construcción de una sociedad justa, democrática y pacífica.

A un año de su muerte, es indudable que el legado de “Chucho” continúa vigente en el movimiento social, donde siempre hizo prevalecer la defensa de los derechos humanos en todas sus categorías. Sin embargo, algunos ya piensan que tras su ausencia se empezaron a sentir vacíos, en aspectos como la creación de espacios interinstitucionales.

Max Yuri Gil, director de la Corporación Región, manifestó que ‘Chucho’ “siempre le aportó a la construcción de procesos colectivos e institucionales y al encuentro entre organizaciones sociales. En los últimos días yo hablaba con diferentes defensores de derechos humanos y analistas del conflicto armado en Medellín, y decíamos que una de las carencias que tenemos es la existencia de un espacio de análisis, seguimiento y voz, frente a temas de violencia en la ciudad. Esto no es una cosa que le podamos achacar a la ausencia de chucho pero sí, (…) creo que ahí tenemos un pendiente, porque él era una de las personas que más insistía en esas iniciativas.”

La capacidad de cohesión que tenía “Chucho” le permitió tejer alianzas y movilizar a otras organizaciones, a la comunidad e incluso al Estado en torno a sus propuestas, fundamentadas siempre en la utopía de un país mejor.

Para Max Yuri, algo fundamental en ‘Chucho” era la terquedad con la que se mantenía fijo en sus ideas, entre las cuales destacó “la defensa del espíritu pluralista y democrático de la constitución de 1991, obviamente con críticas; la importancia de los derechos humanos, civiles, políticos, económicos, sociales, culturales, colectivos y ambientales; y la necesidad de una salida política negociada al conflicto armado en Colombia.”

“Chucho”, se caracterizó por su agudeza para analizar y visualizar problemáticas humanas, anticipándose a las dificultades que traen consigo las transformaciones sociales; siempre con el ánimo de proponer alternativas. Por eso, desde el IPC, se destacó por su espíritu visionario que le permitía identificar temas claves para la construcción de tejido social.

Así lo expresó Soledad Betancur, investigadora del instituto, quien agregó que a finales de los ochentas, cuando la institución le apuntaba al fortalecimiento del sujeto obrero, ‘Chucho’ “fue pionero en identificar que había una sociedad en transformación, que el modelo de desarrollo estaba cambiando y que los sujetos también lo hacían. Por eso había que preguntarse cuáles eran los impactos de esas transformaciones en Colombia y cómo lograr, a través de distintas estrategias, que esos sujetos se empoderaran y se configuraran como actores claves en la construcción de un proyecto de sociedad.”

Hoy, nuevamente el IPC vive una etapa de re perfilamiento institucional, la cual obliga a la organización a repensarse, en muchas ocasiones, partiendo de los aportes que hizo “Chucho”, dentro del debate interno, como explicó Diego Herrera, actual presidente del Instituto Popular de Capacitación.

“El aporte de ‘Chucho’ al reperfilamiento, hay unas ideas fundamentales: la primera, que el instituto debía tener un marco de hipótesis adecuado a un escenario nacional, en el ámbito de disputarse proyectos políticos en el país; la segunda, que el campo de los Derechos Humanos debía redefinirse en relación a nuevas problemáticas que demandan lecturas más integrales y no fragmentadas; y, la tercera, que la institución debía instaurar el pensamiento como su base de aporte a las opciones de transformación”, aclaró Diego Herrera.

Y es que “Chucho” siempre fue un hombre crítico y reflexivo, incluso al interior de su organización en la que trabajó por casi 30 años. Su acercamiento al instituto comenzó en 1982 cuando participó en su creación, junto al grupo de socios fundadores. Pero sólo fue hasta 1984 cuando se vinculó completamente al IPC, luego de abandonar su carrera como ingeniero de minas y metalurgia, la cual había desempeñado en Acerías Paz del Río y en el Ministerio de Minas, tras graduarse de la Universidad Nacional de Medellín en 1972.

En el IPC, se desempeñó en el área de movimientos sociales, el observatorio de derechos humanos y en la presidencia de la institución. En su trayectoria abordó problemáticas relacionadas con el desarrollo, el sector financiero, el auge energético y la lucha sindical. Pero inicialmente “Chucho” se destacó por su labor en la educación popular.

En esa etapa participó en la creación de la Red de Centros de Educación Sindical de Medellín, la Red de Educación e Investigación Popular, el Grupo de Análisis de la Descentralización Industrial (Gadi) y el Proyecto Nuestra América. Además promovió la configuración de organizaciones juveniles.

Posteriormente, y a raíz de la violencia que vivía el país en los años noventas producto del narcotráfico y del conflicto armado, este humanista concentró su trabajo en el análisis del conflicto, la defensa de los derechos humanos y la búsqueda de la paz.

De esa manera fue líder en la conformación de la Asamblea Permanente de la Sociedad Civil por la Paz, la Coordinación Colombia Europa Estados Unidos, la Plataforma de los Derechos Económicos, Sociales y Culturales (DESC), la Red Nacional de Iniciativas contra la Guerra y la Paz (Redepaz) y el Comité de Derechos Humanos de Medellín.

Soledad Betancur expresó que “a través de estas organizaciones, “Chucho” incidió en un enfoque de derechos humanos que intentó ponerse retos que iban más allá de las perspectivas jurídicas y, sobre todo, en el campo de lo político.”

En sus últimos años, antes de morir de cáncer el 13 de agosto de 2011, Jesús Balbín se dedicó con empeño al movimiento de víctimas, insistiendo en la verdad, la justicia y la reparación, en la construcción memoria histórica y las garantías de no repetición.

En ese proceso ayudó a conformar la  Mesa Departamental de Víctimas del Conflicto Armado, la Mesa de Derechos Humanos del Oriente Antioqueño, la Asociación de Víctimas del Conflicto Armado del Oriente Antioqueño y la Asociación de Víctimas por la Restitución de bienes y Tierras del Urabá.

Además Soledad Betancur agregó que, “desde el movimiento de derechos humanos, ‘Chucho’ participó en todo el debate de la Ley de Justicia y Paz y la Ley de Víctimas. Él buscaba hacer de los derechos humanos una política pública y siempre estuvo inscrito, como un líder, impulsando reflexión en todos esos debates.”

Ese espíritu crítico, siempre abierto a la deliberación y a respetar al otro sin importar su opinión, es el que más recuerda Martha Peña, socia del IPC, quien afirmó que ‘Chucho’ “le daba a las cosas la dimensión que se merecían. Si eran serias las asumía como tal y si no eran muy trascendentales, él hacía un llamado a que no se agrandara la situación. Un tipo muy equilibrado, agudo y constructivo. Eso es lo que recuerdo mucho de él, sus silencios, su alta capacidad de escucha.”

Martha Peña agregó que ‘Chucho’ “se caracterizó por ser un tipo que buscaba alternativas, porque para él  había que trascender la mera queja y buscar el qué hacer. Además contribuyó mucho a que las cosas siempre fueran llevadas a un planteamiento público, digámoslo a la acción pública y a los escenarios de deliberación.”

En ese sentido la socia del IPC destacó la importancia de los informes de derechos humanos producidos por el instituto, en los cuáles “Chucho” nunca vaciló en denunciar públicamente a quienes atentaban contra los derechos fundamentales, por lo que fue víctima de intimidaciones que de nada sirvieron para callarlo.

Para el investigador Diego Sierra, “Chucho” siempre fue un hombre que con sus palabras sirvió de guía aotras personas y organizaciones porque “generaba movimiento, no había que empujarlo y trazaba la orientación, la línea de trabajo. Él era lúcido, intúyete y tenía una gran capacidad de síntesis. Entre sus grandes aportes están la configuración en 20 años del movimiento de derechos humanos en Antioquia y el país, y ya en el último lustro, sus últimos cinco años, del movimiento de víctimas en esta región.”

Por esa razón, Diego Sierra manifestó que aunque su impronta prevalezca, el vacío que dejó la muerte de “chucho” tardará bastante tiempo en llenarse, pues “cuando la gente se va deja su legado pero también deja un hueco. Yo no creo que nadie pueda reemplazar a otro. Llegan otras personas y todo, pero formar a un líder, a un visionario, es algo que se demora.”

“Chucho” siempre tuvo un compromiso social que era coherente con sus prácticas cotidianas y, a pesar de su timidez, él siempre se dejó llevar por el debate y la reflexión en todos los escenarios. Fue disciplinado en su trabajo, irreverente en sus opiniones y, sobre todo, obstinado con su labor, porque ni la enfermedad le impidió continuar participando en reuniones y deliberaciones públicas. De su oficina sólo se ausentó pocas semanas antes de su muerte y, aún desde su casa, continúo aportándole sus ideas al proyecto de sociedad que construyó desde el IPC.

Por eso a un año de su muerte, todos recuerdan con nostalgia a Jesús Balbín, pero también reviven su convicción de soñar un país mejor para construir una sociedad justa, equitativa y en paz. Seguramente sus discípulos, y en especial el IPC, continuarán luchando por mantener el legado de este el humanista visionario.

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