Editorial por José Girón Sierra, analista de paz del Observatorio de Derechos Humanos del IPC

Dados los recientes desenvolvimientos que ha tenido el proceso de negociación adelantado en La Habana (Cuba), en los cuales hay señales de certezas y  razones que auguran  un final exitoso,  es posible vislumbrar un escenario social y político para la sociedad colombiana, en el cual se abran procesos encaminados a la superación de las inequidades y exclusiones que históricamente la han agobiado y sumido en la tragedia de la guerra. Esto, que no es cualquier cosa, invita a mirar otras aristas del conflicto que se pretende transformar, las cuales han sido poco trabajadas hasta el momento.

Las trasformaciones sociales no se dan por azar, ocurren bajo coyunturas en las cuales las sociedades son sacadas de su rutina, de una especie de modorra en la que se afianza el statu quo y, con ello, una resistencia al cambio. En estos momentos, las sociedades se vuelven sobre sí y se hacen preguntas sobre su ser que, en el caso nuestro, girarán en torno  al por qué se llegó hasta donde se llegó. Y en este ámbito ocupa un lugar relevante el mundo de las emociones y de los sentimientos, área que desde la filosofía y las ciencias sociales ha sido de interés para teóricos e investigadores. El escenario de negociación aludido, cumple  los requerimientos de dichos momentos.

Las emociones y los sentimientos hacen parte de esas aristas, antes mencionadas, tan vitales en un campo crucial para las sociedades y la política. La compasión, la indignación, la envidia, la venganza, el odio, el asco, el amor, la solidaridad, el pesimismo y la desconfianza son solo algunas de estas emociones y sentimientos tan complejos y a veces tan contrapuestos pero  siempre involucrados en los rumbos que, por acción o por omisión, asumen los pueblos. Así, la política, tan dominada aparentemente por el racionalismo, al final de cuentas  está atravesada de manera importante por las emociones y, por ellas, las sociedades se ven fragmentadas o sumidas en el predominio de intereses particulares. Pero cuando logran superar dichos particularismos y avizoran el decisivo campo de lo público, y desde allí un proyecto societal cargado igualmente de emociones, movilizan las mejores energías colectivas desde simbolismos que tocan sentimientos y estimulan la acción.

El asco es un sentimiento que mueve al rechazo por el desagrado que entraña. En política se manifiesta como exclusión y es por eso que separa,  aísla e ignora, colocando a quien lo experimenta  a un paso del odio. La exclusión no admite la igualdad, parte de la base de que una de las partes se encuentra en una clara condición de subordinación, subvaloración y dependencia. La historia colombiana, pero de manera específica los conflictos políticos, la mayoría de las veces tramitados de manera violenta, han estado marcados por el asco: Federalistas y Centralistas, en los comienzos de la república y posteriormente  Liberales y Conservadores en el siglo pasado, fueron maestros aplicados en eso de la exclusión y los mensajes que le dieron a la sociedad no hicieron otra cosa que alimentar  ese ánimo excluyente por generaciones. Más recientemente sus manifestaciones muestran un panorama bien diverso, haciéndose más visible con motivo de los debates que se han venido suscitando alrededor de los primeros acuerdos entre el Gobierno y las FARC y, también, respecto de las propuestas que el Alcalde de Bogotá, Gustavo Petro, ha dado a conocer.

Sin caer en el clásico enfoque marxista de las clases, los ricos no han dejado de pensar que los pobres son una amenaza y más aún si se atreven a organizarse; también les acompaña una especie de enfermedad económica, pues no es extraña la creencia en que todo lo que tocan o habitan los pobres inmediatamente se devalúa.  Por ello se les ubica  en áreas de la periferia para alejar su amenaza, algo parecido a lo que se hizo con los manicomios y leprocomios. Los campesinos, según sectores de  la ultraderecha, no son aptos para ser propietarios, de acuerdo a novísimas teorías, como las del economista James Robinson, para quien mantener las condiciones de exclusión en el campo sería la política más sensata, dada la imposibilidad de que sea viable y sostenible una reforma agraria de corte estructural. La insurgencia, algunos sectores de la izquierda radical y sectores del sindicalismo, no se desvían de los presupuestos del odio de clase y  aun no logran imaginarse, cara a cara con el capital, discutiendo un problema crucial como la redistribución de la riqueza. El gobierno, y los partidos políticos que lo secundan, a quienes se les abona el haberse comprometido con el actual proceso de negociación, no logran desprenderse del lenguaje y las prácticas que atizan el asco y perpetúan  la exclusión. De allí que su liderazgo se manifieste ambiguo y en nada claro para una sociedad que debe abrirle espacio a quienes, en algún momento, decidieron tomar las armas. Pareciera entonces que ninguna enseñanza han sacado del genocidio de la Unión Patriótica y de tantos líderes sociales y políticos silenciados por las balas, y por momentos preocupa en extremo que estemos a las puertas de reeditar ese error descomunal o, por lo menos, a que el acuerdo en La Habana sea sólo letra muerta, cuyos efectos prácticos sean inocuos e inofensivos. En fin, los ascos merodean todos nuestros actos e impregnan todos nuestros juicios de valor.

Avanzar en la inclusión, que en esencia es caminar en la ruta de dignificar a las personas, es superar tantos ascos y adentrarnos en la compasión o en la simpatía extendida. Es hablar  de una sociedad en donde la justicia opera, esto es,  una sociedad en donde a las personas no se les excluye por razón de su raza, religión, sexo, posición económica y nivel educativo. Y esto no es ningún idealismo como bien lo indicara Roosevelt quien no fue propiamente un marxista, “los hombres necesitados no son hombres libres” y agregaba “la libertad de vivir sin miedo está ligada para toda la eternidad a la libertad de  vivir sin necesidades”,  lo cual dicho de otra manera, significa que la exclusión sume a las sociedades que la sufren en nuevas formas de esclavitud derivadas del miedo, la discriminación, la inseguridad y la desconfianza.

A los efectos nocivos del asco como exclusión solo existe el antídoto del amor, entendido éste, en términos sociales, económicos y políticos, como el sentimiento compasivo que coloca al sujeto en  el complejo mundo de relaciones que se dan en la sociedad, lugar en el que desde el conflicto de intereses, siempre presente entre lo propio y lo colectivo, tiene cabida  el  aserto de que ocuparme del OTRO (el mundo relacional más cercano, la sociedad como totalidad y la patria como concepto que condensa los vínculos afectivos con un territorio, una historia y unos contenidos culturales) desbroza el camino hacia un bien superior como lo público, pero comprendiendo que tal desbroce en nada violenta los derechos individuales y antes que desdibujarlos impone la vigencia y la garantía de la ciudadanía crítica. Es también, no ser indolentes ante las tragedias sociales, pues éstas no se dan porque  quienes la sufren se las han buscado, sino porque han sido, la mayoría de las veces, las lógicas del poder las que las han originado. Así, los pobres no son responsables de su pobreza y no se les puede dejar a su suerte.

Colombia ha vivido y vive una tragedia cuya superación rebasa cualquier ejercicio racionalista y debe tocar las fibras de las emociones de una sociedad endurecidas por una guerra cuyos bandos  no han dejado de pensar que los caídos se lo merecían. Los relatos de esta tragedia, producto de los esfuerzos por inmunizarnos en contra del olvido, deben suscitar por lo menos el sentimiento de la vergüenza que, no obstante el dolor que produce, al derivarse de ella una imagen deteriorada en algo tan crucial como el buen sentido patriótico, el cual solo sentimos por los artistas y deportistas y casi nunca en razón de los actos de nuestros políticos, puede activar procesos individuales y sociales de orden constructivo. Pero esto no es así. El asco, de la manera como nos hemos referido a él, domina el mundo de las emociones de la sociedad colombiana.

Estas notas han sido motivadas por la lectura de Martha  Nussbaum, cuya obra inspirada en el pensamiento liberal “Emociones políticas, ¿por qué el amor es importante para la justicia?”  Señala que “para sobrevivir a una gran tragedia se necesita amor” y allí  está el desiderátum para los colombianos(as). Bien útil le sería al proceso, al que nos viene convocando la negociación entre el Gobierno colombiano y las FARC, que políticos, educadores, jueces, comunicadores, y los distintos liderazgos que actualmente se dan a lo largo y ancho del país, se acercaran a esta obra en la perspectiva de un compromiso por construir las emociones buenas, propias de una cultura política que necesita llenarse de derechos, de justicia, legalidad, solidaridad, confianza, seguridad y ante todo: compasión.

 

José Girón Sierra

Enero 29 de 2015

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