El pensamiento crítico, la paz y la universidad

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Editorial por José Girón Sierra, analista de paz, conflicto y seguridad del Observatoriod de Derechos Humanos del IPC

El 27 de febrero el Estado colombiano pedirá perdón a la sociedad, y de manera específica a la antioqueña, por el asesinato del defensor de derechos humanos Jesús María Valle, a raíz de la condena proferida por la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Este hecho mirado en el contexto de la negociación del conflicto armado entre el Gobierno y la insurgencia, debe motivar algunas reflexiones atinentes a las causas de esta guerra y al qué hacer, una vez se pacte la terminación de la misma como muchos aspiramos.

La inequidad y la exclusión social y política están de fondo como causas insoslayables, según lo demuestran muchísimos estudios, incluido el reciente informe de la Comisión Histórica del Conflicto y sus Víctimas, realizado por 12 reconocidos académicos por encargo de la mesa de negociaciones  desde La Habana, (Cuba).

Pero un seguimiento a  los trazos dejados por el ejercicio del poder, a lo largo de nuestra historia republicana, permite develar que a diferencia de los procesos  similares en el continente, nuestra elite económica y política se ha caracterizado por su capacidad de estigmatizar y por la actitud de ver al diferente como enemigo, propendiendo por su eliminación. Las diversas guerras en el siglo XIX, los centenares de asesinatos políticos y los múltiples obstáculos, legales e ilegales, para impedir la expresión de lo diferente, señalan de manera inequívoca un grave problema en nuestra cultura y, de manera específica, en nuestra cultura política.

Este problema se deriva en parte de nuestra precariedad en la constitución de sujetos de pensamiento crítico, lo que no sería otra cosa que el derecho a poner en cuestión el orden establecido a nombre de valores como la justicia  y la verdad, es decir, lo opuesto al conformismo, al llamado status quo. De allí, que le sean afines: mente abierta, humildad intelectual, capacidad argumentativa, desprejuicio, ciudadanía libre y entender la democracia, para desarrollarla como la posibilidad de intervenir civilmente el complejo entramado de relaciones de poder recreadas de manera permanente. Por ello, dicho pensamiento es subversivo y es tan amenazante para quienes han sido los beneficiarios del poder, en cuya defensa la contrainsurgencia aplicada desde el Estado se ha mantenido como una salida permanente y  eficaz.

El conflicto armado colombiano —la guerra que nos agobia—, es una de las expresiones  concretas del problema aludido en nuestra cultura, en la que la violencia siempre ha estado como agente dinamizador en el tratamiento de nuestros inevitables conflictos, pero en la que ha prevalecido muy poco: la mente abierta; la riqueza argumentativa;  la capacidad de escucha de calidad, que permita situar la palabra en el centro de nuestras complejas relaciones; y finalmente la justicia como posibilidad de acercarnos efectivamente a la igualdad entre los seres humanos.

Jesús María Valle es sin duda uno de los mejores exponentes del pensamiento crítico pues aunque estuvo inscrito en una corriente política como la conservadora, siempre le conocimos  por filar del lado de los inconformes, por utilizar toda su capacidad reflexiva y argumentativa para hacer justicia y para hacer de la palabra su única arma en un mundo  de sordos. Por eso fue asesinado.

De manera que este acto de perdón, en un contexto tan esperanzador para la sociedad colombiana como las negociación de paz, no debe pasar desapercibido sino que debe motivar en eso de imaginar el qué hacer para que la barbarie no se repita; una reflexión institucional que implique a los sujetos, a todo el aparato educativo y a el Estado. Y cuando se habla del aparato educativo, la universidad debe ocupar un lugar central de las inquietudes, pues se trata de discutir si su esencia, ligada al pensamiento crítico, se mantiene.

Pero convertida la universidad en blanco y víctima colectiva de quienes propenden por el pensamiento único, la realidad sugiere que crímenes como los de Héctor Abad Gómez, Luis Fernando Vélez, Pedro Luis Valencia, Leonardo Betancur, Hernán Henao, Alfredo Correa de Andreis, Jesús Antonio Bejarano y Jesús María Valle, lograron silenciarla y convertirla en un instrumento bastante funcional al establecimiento. Sin pensamiento crítico la Universidad se desnaturaliza y se adocena. No es por ello  mera casualidad que este evento se lleve a cabo en la Universidad de Antioquia.

El postconflicto, etapa clave para la paz, tiene como gran reto transformar  la cultura política autoritaria en la sociedad, de la cual no se sustrae todo el aparato educativo, si se piensa en términos de sostenibilidad. El sujeto democrático, por lo tanto el de la paz, se incuba en la escuela, en su sentido más general, y para ello el aparato educativo necesita repensarse y transformarse desde dentro.

Para empezar a cambiar las cosas, es imprescindible que este acto de perdón no obedezca sólo a la obligación de dar cumplimiento a una condena, sino que ciertamente esté en la perspectiva de ayudar a limpiar el camino en la sociedad, para que ser diferente y pensar diferente no sea más una amenaza sino una oportunidad de cambio.

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