No les gusta la guerra pero no quieren pararla

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Artículo de opinión por José Girón Sierra, analista de paz y conflicto del Observatorio de Derechos Humanos del IPC

Cuando se observa la manera airada y descompuesta como reaccionan los medios y buena parte de la sociedad ante los hechos de la guerra, y el coro que al respecto hace el Gobierno, uno se pregunta por qué ocurre esto, si a fin de cuentas eso es lo que ha ocurrido en los más de cincuenta años que lleva este conflicto armado colombiano del cual no nos hemos podido deshacer; además, ese precisamente: el escenario de la guerra, es el que ha elegido e impuesto el Gobierno porque supone que le ofrece ventajas en la negociación con su oponente: las FARC.

Atentados contra el sistema eléctrico que dejan pueblos y ciudades intermedias sin energía, soldados y guerrilleros que caen en combate, petróleo crudo derramado en campos y ríos que ocasionan daños ecológicos irreparables, confinamiento forzado de las poblaciones, desplazamiento y muerte  de civiles, hacen parte del mismo libreto de la guerra que siempre debería sorprender y ser una motivación llena de razones para condenarla.

Pero esta pregunta no ameritaría ser objeto de  explicación alguna si eso fuera así, esto es, una actitud de rechazo a la guerra, producto de un sentimiento compasivo y auténtico  por el dolor ajeno y de la experimentación de la natural  ira por la tragedia que subyace  allí. No, se trata de la manifestación de una buena parte de la sociedad colombiana, evidenciada por las encuestas, a quien ha llegado a no molestarle la guerra que desde hace 50 años lleva a cabo la elite colombiana contra toda expresión de oposición o de quien intente poner en duda su poder, más aún, cree que el único camino  viable para resolver este conflicto es mantenerla, así sea necesario recurrir a métodos que proscribe el derecho internacional; por eso en nada les incomoda lo que ha hecho y hace el paramilitarismo y quieren esquivar hechos tan degradantes como los llamados falsos positivos.

Esta aparente contradicción no es comprensible desde el relato de la política sino desde las emociones y la más negativa de todas: el odio. El carácter prolongado del conflicto y su degradación, la permanencia y desarrollo de una cultura política que ahoga cualquier  expresión democrática y socava cualquier solución emparentada con lo común y una ofensiva mediática, que desde hace más de 14 años día tras día y sin descanso, aviva los más regresivos sentimientos en la sociedad, no puede producir nada distinto a la voluntad de eliminar, excluir y demonizar al oponente.

Pero ahora cuando ese conflicto derivado de intereses que no  pudo resolver la guerra,  se coloca en el escenario de la negociación y el tramite civilista, y se propone no  eliminar al contradictor sino de abrirle espacio en esa civilidad, mantener esta lógica de la guerra, y con ella el odio expresado en toda una batería de adjetivos, es lo que entraña un absurdo. Y es un absurdo porque no sólo es contraria a cualquier idea de reconciliación, sino que conduce a que tras una eventual firma del fin del conflicto, lo que pueda encontrarse sea  un escenario propicio a un nuevo genocidio como el ocurrido con la Unión Patriótica.

Después de tres años de estar en un proceso de negociación son reveladoras las cifras publicadas recientemente  a raíz de la  última encuesta polimétrica de junio: el 87% de las personas encuestadas desaprueba que la insurgencia no pague  cárcel, el 34% cree que solo es posible la derrota militar y solamente el 33% cree en la negociación. Si bien estas encuestas  tienen el sesgo de que la población consultada es la de las grandes ciudades para quienes las FARC es una amenaza bastante lejana y  cuya mayor preocupación, como lo señala la misma  encuesta, es la delincuencia en un 35% y  la guerrilla  un  15%, no dejan de ser relevantes, pues será en los grandes centros urbanos donde, en un hipotético escenario de refrendación, se aprobaría o se negaría el acuerdo que se firme entre  el Gobierno y la insurgencia.

No será posible la aceptación de una paz negociada, mientras buena parte de la sociedad colombiana siga convencida de que la guerra, nuestra guerra, es una  aventura de un puñado de bandoleros, delincuentes y terroristas que se comportan como “burros”( como si existiera alguien que en la guerra tomara decisiones inteligentes), según expresión reciente del Ministro de Defensa, Juan Carlos Pinzón, y que la verdad de lo sucedido no es otra que aquella que hemos escuchado de quienes tienen el poder para contarla y que deliberadamente omiten en sus relatos cualquier responsabilidad.

Si bien a la guerra, como se ha indicado antes, no la caracteriza la asepsia ni mucho menos una invitación al humanismo, la insurgencia atendiendo al contexto y la coyuntura no debería seguir con la olímpica postura de no darle importancia a la imagen que la sociedad tiene de ella, por momentos no se sabe a qué es lo que juega las FARC que pareciera, sin quererlo, ayudar con su proceder a los  propósitos de la ultraderecha de socavar el proceso. Razones de orden político son las que en las actuales circunstancias deberían primar, más que las ventajas militares. Y esas razones, por lo menos, deberían jugar hoy en las decisiones que se toman en las acciones armadas al activarse la confrontación, evitando que la sociedad y sobre todo los sectores más vulnerables se vean afectados.

Muy útil  para su imagen hubiese sido que, a pesar de la respuesta  violenta del Gobierno en el Cauca y su decisión de suspender los bombardeos , la tregua unilateral se conservara y aprovechara más bien la coyuntura para acelerar el acuerdo de desescalamiento del conflicto que iba en un desarrollo prometedor. Esta decisión, de la tregua unilateral, bien valdría la pena que fuera retomada a la luz del ambiente nada favorable que se vive y que empuja hacia el fracaso del proceso, así podría abrir  canales para que fuese considerado el cese bilateral  tan deslegitimado.

Por lo que hace la guerra es por lo que queremos su fin, este fin aunque esquivo, es la utopía y la disyuntiva a que nos vemos abocados hoy.


* Las ideas aquí expresadas son responsabilidad exclusiva del autor y en nada comprometen al Instituto Popular de Capacitación (IPC)

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