¿Ganará el SÍ?

Artículo de opinión por José Girón Sierra, investigador en Residencia del Observatorio de Derechos Humanos y Paz del IPC.

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Sin duda, y acudiendo al deseo, en el SÍ se cimentan nuestras aspiraciones y buena parte de nuestros sueños. Pero la realidad parece caminar en sentido contrario. Las más recientes encuestas, que muy poco  se diferencian  de las que se han venido publicando desde que el proceso en La Habana  comenzó,  son consistentes en mostrar que mayoritariamente hay incredulidad, desconfianza y pesimismo alrededor de este proceso.

La última de esas encuestas, bastante contradictoria, dice que votarían por el sí el 67,5% de los encuestados,  pero a renglón seguido señala que el 51,6% estima que las negociaciones van por mal camino y que el 77,5% desaprueba que a las FARC-EP se les permita participar en política.

Si bien estas encuestas consultan básicamente la opinión urbana, lo cual podría relativizar los resultados de las mismas, lo cierto es que serán los grandes centros  urbanos –tan lejanos a los efectos de la guerra  pero tan manipulados por los enemigos de esta negociación–  quienes decidirán el resultado final.

El proceso ha entrado definitivamente  en su etapa final y por los cálculos que se hacen, nos encontraríamos a menos de tres meses de estar definiendo, a  través de un plebiscito, el futuro de este gran esfuerzo por dar por terminado el conflicto armado más antiguo del continente.

De allí, que la preocupación no sea menor: cuando desde hace tres años hablábamos del peligro  de que se perdiera en la osada propuesta de la refrendación, al no darse cambios importantes. Ahora los tiempos se estrechan y las posibilidades de modificar el estado de opinión adverso también se hace menor.

Uno de los tantos problemas, que merece destacarse por su notoriedad en la coyuntura, radica en que las estrategias que viene utilizando el gobierno, y casi la totalidad de los amigos del proceso de paz, han sido poco eficientes con respecto al modus operandi de sus enemigos. Cuando los primeros han caído en el equívoco  de que los resultados en las encuestas de opinión obedecen a que no se ha hecho  pedagogía  adecuada y suficiente  sobre unos acuerdos considerados complejos, sus opositores no han cesado en descalificarlos, no desde un ejercicio reflexivo sobre sus contenidos sino desde la permanente movilización de las emociones más negativas en la sociedad.

Los beneficiarios de la guerra y defensores a ultranza del autoritarismo hoy recogen los frutos de muchos años de incentivar el odio, alimentar la confrontación y utilizar todas las formas de lucha que les sea útil sin ninguna reserva legal, ética y política. Las semillas sembradas ayer,  hoy son alimentadas con denuedo.

El Centro Democrático y la Procuraduría, como bastiones  de la estrategia del odio, muy rápidamente  se dieron cuenta de que profundizar la imagen negativa del presidente Santos permitía trasladar esa carga negativa al proceso en La Habana. De esta manera, era preciso  no desaprovechar ningún conflicto con el gobierno y, mucho menos, los no infrecuentes desaciertos en su política social y económica. Y en eso han sido exitosos.

Bien vale la pena resaltar al respecto el aprovechamiento que se hizo de los recientes paros agrarios y camionero y el escándalo desatado por la supuesta cartilla de educación en género, que debería hacer parte  de la revisión de los manuales  de convivencia escolar ordenados por la Corte Constitucional.

La estrategia es, pues, bien simple aunque poco considerada por los amigos de la paz: acentuar la mala imagen de Santos como gobernante y como persona, desbroza el camino para DESLEGITIMAR  su política más importante: las negociación con las FARC-EP.

Vistas las cosas de esta manera, enderezar esta situación adversa no parece tan simple dado los tiempos con que se cuenta y las dificultades para que converjan las voluntades. Sin duda hay que hacer pedagogía de  cada uno de los acuerdos pactados, ¿pero cómo romper esa simbiosis  de la cual se aprovechan los enemigos de la negociación que se adelanta?

Se insiste  en que la participación en el proceso de refrendación será más emocional que racional y hoy más que  nunca se hace perentorio que emerja una figura de carne y hueso que condense las mejores reservas morales de la sociedad y, sobre todo, que  garantice la credibilidad sobre el cambio que advendría en materia de democracia e  inclusión puestos en marcha  dichos acuerdos.

Craso del gobierno haber imaginado que el expresidente Gaviria cumpliría dicha misión y no haber pensado en alguien que le disputara los espacios de opinión a Uribe, neutralizara su estrategia de odio y, más allá de eso,  moviera la conciencia de ese 50% o más de colombianos(as) que se mueven entre la indiferencia y la desconfianza.

¿Será posible enderezar el orden de las cosas existentes? La guerra tiene una figura creíble: Uribe; la Paz, una figura  difusa y ambigua de la que se desconfía: Santos.

* Las ideas aquí expresadas son responsabilidad exclusiva del autor y en nada comprometen al Instituto Popular de Capacitación (IPC).

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