Pedro el “ilícito”

Si se dieran otros usos a los cultivos de uso ilícito, la vida de los campesinos podría tener otras posibilidades.

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Artículo de opinión por Jorge Eliecer Rivera Franco

Pedro es un campesino trabajador, como todos los auténticos campesinos, su infancia trascurrió en los campos del Tolima, de donde le expulsaron con su familia en la tenebrosa época de La Violencia, aquella que operó desde los directorios de los partidos políticos, llamados “históricos”, y que dejó en nuestros campos y pueblos cerca de 300.000 muertos.

Su padre, que había gastado gran parte de su vida construyendo su parcela para garantizar un futuro a su familia, debió abandonar todos sus esfuerzos de la noche a la mañana. Sueños convertidos en pesadillas por mandato del poder y la ambición desbordada e insensata.

La familia terminó recostando otra vez montaña a dentro para empezar de nuevo, ya que los hombres de trabajo no se rinden nunca ante la adversidad y tampoco se dejan amilanar por lo que llaman sufrimiento. Están hechos para enfrentarlos no importa cuántas veces crucen su camino, por esto les seducen las iglesias con  la esperanza del cielo más allá de este mundo.

Talar bosque, sobrevivir de la caza, la pesca, el cultivo del maíz, el plátano, la yuca, el ñame, la siembra del pasto para poder tener luego ganado, leche, queso, carne, hacer finca de nuevo, con nuevos hijos e hijas, con nuevos sueños y los mismos bríos.

Escuchar en nuevos escenarios, territorios, las promesas del Gobierno de llegar a estas montañas con carreteras, asistencia técnica, crédito, educación, salud, escenarios deportivos, vivienda digna. Promesas que hoy como ayer no se llegan a cumplir, carencias que se repiten aquí como allá, incertidumbre que se convierte en rutina de la vida individual y colectiva.

Condenados a producir para el autoconsumo ya que no hay por dónde sacar a costos manejables los excedentes de la agricultura, a ver crecer sus hijos e hijas con una educación de mala calidad, cuando tienen la “fortuna” de que llegue algún maestro o maestra castigado  a ejercer su vida de educador, educadora, arrastrando por estos caminos de mierda sus frustraciones y sus lamentaciones, mientras espera que un politiquero le consiga el traslado al pueblo, por lo general tras ceder a múltiples acosos. O ver a sus hijos crecer sin oportunidad alguna de abrir una ventana al mundo, aquel que brilla en la lejanía, adornado por mentiras y luces artificiales, pero que seduce, como todo lo artificial, aunque sea por momentos.

Ya casi con la esperanza rendida, Pedro, se entera de que han llegado nuevas oportunidades para ellos, unos forasteros están promoviendo el cultivo de una planta maravillosa cuyos subproductos cuenta con mercado asegurado en las principales ciudades y calles de los “países civilizados y felices”. Ellos aportan la semilla, pagan el producto por anticipado, prestan dinero sin condiciones para atender otras necesidades familiares, invitando de tarde en tarde a unos cuantos “traguitos” que alivian las penas y hacen retoñar la esperanza. Y lo más sorprendente, pagan de contado y recogen el producto en la parcela. Es decir ha llegado con estos forasteros lo que el Gobierno viene prometiendo desde tiempos remotos, sin cumplir. ¡Pero si esta gente lo haces es porque es posible!

Pedro tuvo pocas dudas para embarcarse en estos cultivos que la burocracia ha dado en llamar “ilícitos”, ilegales, pero que para los campesinos abandonados de Dios y del Gobierno, se han convertido en una maravilla. El dinero fluye, el consumo crece, los campesinos se mueven y sus hijos se asoman al mundo.

Para Pedro y sus vecinos la felicidad dura poco ya que la demanda, cada vez más alta y compulsiva, presiona los mercados para abastecer esta necesidad que, de acuerdo con la ciencia médica, se convierte en un problema de salud pública. Como a la burocracia nacional e internacional le falta imaginación y creatividad, determinan combatir por medio de la guerra, de las armas y del crimen el mercado de uno de los subproductos de esa planta maravillosa, mágica, que en sus entrañas guarda múltiples elementos y sustancias, las cuales servirían a la humanidad si miramos en profundidad la planta que se sataniza.

El campo donde hoy vive Pedro, se convierte de nuevo en escenario de otra guerra, de otra violencia, y Pedro hoy, como su padre ayer, debe partir de la noche a la mañana para proteger su vida y la vida de sus hijos. Mientras tanto, los aviones oficiales fumigan y envenenan la tierra, las aguas, matan y destruyen la vida. Los ejércitos de unos y otros bandos se reparten los bienes. Los banqueros de aquí y de allá usufructúan el movimiento del dinero que emerge del mercado de la droga, sin que autoridad alguna les interrogue y les implique. La mentira se hace soberana y la corrupción se expande como mancha de aceite en todo el tejido social.

Pedro y sus vecinos se preguntan: ¿Si la guerra no ha resuelto el problema, porque persistir en ella?

A caso no sería más sano sentarnos todos y conversar cómo utilizamos más imaginativa y creativamente los dones que tiene esta planta maravillosa, y con apoyo de la ciencia sustituimos lo que hace daño por aquellos productos que pueden hacernos bien, abriendo nuevos campos a la producción, al mercadeo y a la demanda, en un diálogo de saberes que involucre a todos los pueblos del planeta.

Si estuvimos en la luna, no será posible llegar al meollo del problema de las drogas de uso ilícito para ver el mundo desde una nueva ventana y para entender que nos debemos a la casa común que debemos cuidar para el bienestar de todos y que una sola muerte violenta en cualquier lugar de la tierra es una desgracia para la humanidad que debemos evitar a todo trance.

Jorge Eliécer Rivera Franco

Un pendejo en La Mojana

* Las ideas aquí expresadas son responsabilidad exclusiva del autor y en nada comprometen al Instituto Popular de Capacitación (IPC).

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