Algunos vivieron la violencia en carne propia, otros la han vivido en los recuerdos de sus padres, sus hermanos, sus tíos o cualquier familiar que les quede vivo. Todos se sienten marcados de alguna forma por la guerra y ninguno puede olvidar esos momentos que cambiaron sus vidas, cuando recién comenzaban a vivir.

Se trata de 80 jóvenes antioqueños afectados por el conflicto armado, que se reunieron en Medellín para compartir sus experiencias y avanzar en la construcción de memoria. Ellos han participado todo el año en la escuela permanente de formación del proyecto Juventud, Memoria y Paz, ejecutado por el Instituto Popular de Capacitación y financiado por CORDAID e ISAGEN.

Érika Milena Vallejo es una de esas jóvenes que, desde los 8 años, conoció los embates de la guerra. Ella vive en el municipio de El Peñol en el Oriente Antioqueño, una región afectada por la violencia de grupos guerrilleros y paramilitares a finales de los noventas y principios del 2000.

Ahora, cuando tiene 20 años, Érika recuerda que la primera barrera que le impuso la guerra fue el temor de salir a la calle para jugar como cualquier niña. Así lo reconoció esta adolescente trigueña y de cabello negro, dejando escapar una tenue sonrisa de labios delgados, con cachetes sonrojados y mirada pérdida.

“Era el hecho de no poder salir a la calle porque a las cinco de la tarde todos nos teníamos que encerrar. Entonces, nos quitaron la niñez, porque cuando uno está en esa edad uno quiere salir con los amigos para jugar golosa o a las escondidas”, relató Érika.

Ella explicó que su casa quedaba en el Sector Uno, cerca del hospital, una de las zonas más violentas en aquella época. El temor era tal, que el encierro no bastaba y, después de las cinco, las personas mantenían el televisor y las luces apagadas. “Era el tener que poner la cama y el chifonier en la puerta para que no la tumbaran o sentir la gente corriendo por los techos para que no la mataran”, agregó la joven.

Recordar la escena de sus vecinos llorando la muerte de algún familiar, tirado en la calle, es algo doloroso para Érika, quien también perdió a un tío y a un primo, en medio de ese conflicto que afectó al Oriente.

Con voz entre cortada esta adolescente relató su tío, a quien dice deberle grandes cosas, murió cuando prestaba servicio militar en la población de San Carlos. Atado a eso mismo destino y “defendiendo la misma región” murió su primo también como recluta del ejército.

“La guerra nos robó alegría y niñez, pero no los deseos de seguir adelante”. Bajo esta premisa Érika a continuado adelante con su vida que en la actualidad transcurre entre un proyecto de reconstrucción ambiental en el SENA y el grupo juvenil de la Asociación Provincial de Víctimas a Ciudadanos (APROVIACI), el cual busca renovar liderazgos de víctimas del conflicto en el Oriente.

Por su compromiso con las víctimas y con la memoria histórica, Érika piensa que este encuentro de jóvenes, es un espacio “maravilloso porque les permite expresarse. Expresar lo que somos, lo que sentimos y lo que pensamos sobre este flagelo, pero lo más importante es mirar qué vamos a hacer por los jóvenes en un proyecto que nos toque a todos.”

La memoria del joven

“Para nosotros la memoria termina siendo un reto porque no ha sido fácil construirla, los jóvenes tenemos el descaro de perder la memoria.” Esto es lo que piensa YG[i], quien pertenece al grupo Memoria Joven del IPC y al Colectivo Antimilitarista Simplemente Blanco y Negro.

Este colectivo surgió como una forma de oposición al reclutamiento forzado, por parte de grupos paramilitares en la comuna 1 de Medellín. Fue en ese sector donde YG cambió el sueño de convertirse en Almirante de la Marina, por la realidad de ser antimilitarista.

“Fue un cambio brutal, después de haber visto los estragos de las armas, en lo que fue mi infancia y todo mi proceso de vida. Ver como eso me marcó, como marcó a mis amigos, me quitó familia y muchos de mis allegados. Ser antimilitarista termina siendo ese sueño de pensarse un mundo sin armas”, confesó este adolescente.

A sus 21 años, la vida de YG está marcada por el recuerdo de aquellos días en que los paramilitares intentaron reclutar y hasta asesinar a su hermano mayor, quien terminó refugiado en el ejército como una forma de huirle a los ilegales. “Mi hermano decidió irse sin que nadie supiera y en mi casa se dieron cuenta como a los 20 días, porque mandó una carta desde La Guajira.”

Además, desde niño YG  ha sido testigo de las múltiples amenazas que ha sufrido su madre por su labor como feminista y líder comunitaria. En una de esas ocasiones, relató este joven, “permanecimos sitiados en nuestra casa, no podíamos ir a estudiar y ni si quiera podíamos acercarnos a la ventana porque nos estaban vigilando los paramilitares.”

Según YG, la oportunidad de compartir sus historias con otros jóvenes es valiosa porque “se pueden reconocer otras experiencias de vida que le permiten a uno pensarse y saber que no está solo en una condición, porque el asunto de ser víctima de la guerra termina siendo una condición que lo deja a uno marcado.”

Memoria con enfoque juvenil

“Freud decía que todo trabajo de duelo pasa por la memoria. Por lo tanto hay una transformación de la experiencia subjetiva del dolor, pero al mismo tiempo se van restituyendo lazos de solidaridad y hay un encuentro con el otro. A partir de eso se va reconstruyendo el sentido social.”

Así se expresó Juan David Villa, docente de la Facultad Psicología de la Universidad San Buenaventura, experto en procesos acompañamiento psicosocial y construcción de memoria con víctimas del conflicto armado.

Para Juan David, es muy importante que los adolescentes construyan memoria, porque de esa forma logran “comprender su propia historia individual y la historia que les precede, a nivel colectivo y familiar. Además construyen una identidad que puede ser incluso alternativa y diferente a las formas que ofrece la sociedad contemporánea.”

En su charla con los jóvenes, el experto se refirió a la necesidad de hacer memoria para dar a conocer la versión de las víctimas sobre las historias del conflicto. “Eso implica que puedan emerger versiones de la historia que no han sido escuchadas, para entrar a disputar los sentidos de construcción de memoria de un pueblo, un país o una nación.”

Sin embargo, Juan David reconoció que los jóvenes tienen problemas con los actores del conflicto cuando participan en la construcción de memoria, porque “se convierten en la carne de cañón y se vuelven muy vulnerables. Entonces un joven visto en esto cae bajo sospecha, por unos y por otros.”

Esa condición, que en ocasiones puede derivar en re victimización, demanda un mayor esfuerzo de la sociedad para rodear a la población juvenil y acompañarlos en sus reflexiones y en las formas como pueden expresar sus vivencias, para generar alternativas de resistencia  al conflicto armado del país.

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