*Columna escrita por María Soledad Betancur
El domingo 21 de junio tenemos una cita con la esperanza, con la democracia, con los derechos humanos, con la ética. En síntesis: con la vida.
En los últimos cuatro años, y por primera vez en nuestra historia, hemos sentido la posibilidad real de un gobierno que direcciona los destinos del país hacia una perspectiva democrática, más allá de las formalidades. Es un camino hacia la democracia social, económica y política, en armonía con la naturaleza.
Muchas de las propuestas que se han instalado o intentado instalar en este periodo de gobierno nos han interpelado a todas y todos; nos han dejado ver que otro mundo es posible, que la vida va más allá de nosotros, los humanos, porque la naturaleza y la vida diversa que la habita también son nuestra responsabilidad. Nosotros y nosotras somos apenas una parte de un sistema que se interconecta.
Gustavo Petro, como presidente, demostró que las luchas que por décadas han librado los movimientos sociales, populares y políticos —con sus respectivos liderazgos— en la búsqueda de la igualdad, la dignidad, la democracia y los derechos humanos nos pertenecen y debemos exigirlas y enarbolarlas como sello de cohesión social.
Esta cohesión social, que ya avanza, no es la de la confianza inversionista ni la de cohesionarse para eliminar al contrario. Esta que estamos construyendo se configura a partir de la solidaridad y del reconocimiento de que somos diversos y de que podemos convivir respetando las diferencias y encontrando acuerdos para que la vida de todos y todas fluya con dignidad.
No es homogeneidad lo que buscamos, es reconocimiento de la diversidad. No es la confianza inversionista la que nos cohesiona, es la democracia y los derechos humanos, en compleja articulación con los derechos de la naturaleza.
Iván Cepeda y Aida Quilcué son la garantía para profundizar lo que ya hemos logrado. No podemos perder la ruta hacia ese horizonte en que la dignidad se ha ido haciendo costumbre, como lo ha propuesto Francia Márquez, nuestra vicepresidenta.
Esta ruta es compleja y nos exige grandeza a todos y todas.
Tal vez no existan hoy las condiciones para realizar totalmente los cambios que anhelamos, pero sí para sumar acuerdos en torno a lo fundamental y hacer de la esperanza una aspiración y, por qué no, la inspiración que necesitamos. Ella irá dando frutos a la par que nos muestra los retos de un proyecto cultural que se debe seguir tejiendo en el marco de las diferencias, pero que le pone cada día más límites al fascismo.
Hoy muchas voces llegan a alentarnos para avanzar en la complejidad y en la diferencia, pero poniéndole barreras a la muerte, a la indecencia y a la indignidad.
Esta narrativa —que estamos construyendo entre todos y todas— quebró la idea que nos han impuesto de que los derechos de los grandes acumuladores de riqueza y de los guerreristas están por encima de la mayoría. Cada día se hace más comprensible que los derechos humanos están por encima de los derechos del capital.
La esperanza y la vida son el camino. Iván Cepeda y Aida Quilcué nos jalan en esa ruta y nos inspiran para recorrerla con ellos. Las razones están y debemos no solo sumarlas, sino multiplicarlas.
